Hoy quiero compartir contigo un cuento de Jorge Bucay. El motivo de compartirla contigo es la necesidad que se tiene, sobre todo cuando una persona lleva tiempo desempleada y ve cómo rechazan su candidatura una y otra vez, de ver las cosas desde otra perspectiva. Espero la disfrutes tanto como yo. 🙂

© Depositphotos.com - oly5

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Hay una vieja historia de un joven que concurrió a un sabio en busca de ayuda.

– Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

– Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después… – y haciendo una pausa agregó – Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

– E… encantado, maestro – titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

– Bien – asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó –toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete antes y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió.

Apenas llegó, empezó a ofrecer al anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado – más de cien personas – y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.

Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

– Maestro – dijo – lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

– Qué importante lo que dijiste, joven amigo – contestó sonriente el maestro – Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

– Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

¡¿58 monedas?! – exclamó el joven.

– Sí – replicó el joyero- Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… Si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

– Siéntate – dijo el maestro después de escucharlo -. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

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Cada día, con cada nuevo cliente confirmo lo que narra el cuento y no hay una sola persona a la que no haya podido ayudar o de la que haya pensado al ver su CV que no tenía nada que hacer. Todas y cada una de las personas son joyas, pero en la búsqueda de empleo puede suceder dos cosas: que no sea joyero (seleccionador profesional) el que debe valorar el anillo (persona o CV) o que el anillo (persona o CV) se enseñe lleno de barro o suciedad (mal preparado) que no permiten ver su verdadero valor.

Coge tu CV y sácale brillo para que te venda nada más verlo, práctica la entrevista para decirle a ese joyero o comerciante lo que necesita escuchar para que pueda aunque no sea un experto, valorarte adecuadamente.

Y lo más importante de todo: ¡recuerda cada día el verdadero valor que tienes!

* Dedicado a la persona que me enseñó este cuento y que cambió mi vida para siempre (J.L.LL.M.) al hacerme comprender que yo era ese joyero que podía valorar, apreciar y ayudar a destacar a todas esas joyas que son las personas. ¡Gracias!