Llevo mucho tiempo dándole vueltas a si escribir este post o no, por un lado implica contarte una de las experiencias más terrorificas de mi vida y a la vez la que me cambió la vida como nunca imaginaría. El decidir escribir este post es porque creo que es una experiencia demasiado valiosa como para guardarla para mí, así que aquí lo tienes. Si eres hipocondríaco no te aconsejo leerlo, aunque para que sea eficaz no debes leer el post, ¡vívelo!

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Si pudiera hacerte un regalo, el que fuese en el mundo, te regalaría esos minutos de experiencia terrorifica que te comentaba, pues tengo la certeza de que transformarían tu vida. Y el motivo es que quiero que cambies tu vida, que la mejores, que consigas ese trabajo o empleo que de verdad te ilusione cada día y que te haga sentirte en paz. No te equivoques no te voy a decir que es fácil o sencillo pues no lo es, quién te diga que es fácil o sencillo, miente o está loco.

Te voy a contar algo de mi vida, en concreto un momento que lo cambió todo y que hizo que hoy me dedique a lo que amo, pero para ello debo llevarte hace más de dos años atrás en el tiempo. En concreto retrocedemos hasta el:

24 de Junio de 2011

Soy responsable de Recursos Humanos de una importante unidad de negocio en una multinacional y al contrario de lo que muchos puedan pensar no soy feliz. Tras licenciarme en Psicología y matarme a trabajar en distintos empleos para conseguir este puesto resulta que no es como creía. La empresa en la que trabajo ha cambiado la politica de RRHH y algunos jefazos, y ahora la consigna a seguir es la de “leña al mono que es de goma“. Y cuando crees en las personas es, difícil (de hecho nunca lo hice) tratar así a los empleados.

Así pues vivia como puedas haber vivido tu en algún momento, pensando que todo mejorará, que haría un master en el futuro, que buscaría otro trabajo, que cuando acabase la crisis, etc. Pero lo cierto es que eso no era cierto, nada iba a cambiar si yo no lo cambiaba, pero entonces tenía miedo, al igual que la gran mayoría, miedo a lo desconocido y a lo “peor”. Lo gracioso es que nunca nadie piensa de verdad en lo peor, no… hasta que es tarde.

Con jornadas de más de 12 horas al día 6 días a la semana y el 7º debes estar disponible en el teléfono pues eres “Responsable” y se valora mucho el “presentismo” en este país, llega un momento en el que alguien/algo (sino lo haces tu, será tu cuerpo) tiene que decir basta.

Así es cómo llegamos al 24 de Junio de 2011, las 5 de la tarde y no me encuentro muy bien. Decido ir al servicio y estando en el aseo siento un dolor que me quita el aliento y hace que me encoja de dolor, no importa, me lavo la cara y me recompongo pues debes seguir trabajando. Lo siguiente que me sucede es que dejo de ver, me pitan los oidos, para no caerme porque no veo me apoyo en una pared y me deslizo al suelo mientras comienzo a sudar tanto que la camisa que llevo se empapa de sudor. “¿Qué es esto?” – pienso, mientras me arrastro literalmente hacia el pasillo en busca de alguien que me pueda ayudar.

Tardan unos 5 minutos en encontrarme unos clientes que llaman a alguien del mostrador de atención al cliente. Para “quitarme de enmedio” (que eso no da buena imagen) me suben escaleras arriba a la sala de descanso mientras esperan a que venga  la ambulancia. Pero lo peor no ha llegado aún.

Los sanitarios de la ambulancia me reconocen y les “riñen” por haberme movido escaleras arriba. Me dicen que descanse y que si me encuentro mal de nuevo vaya a urgencias. Se van y me quedo tumbada en el sofá de la sala de descanso con un sobre de azúcar mientras espero a que Jacinto (mi pareja) venga a recogerme para llevarme a casa.

Cuando llega y trato de levantarme nos damos cuenta todos de que soy incapaz de mantenerme de pie por mis propias fuerzas y me quejo de dolor de estómago. Jacinto decide llevarme a urgencias porque eso no es normal y allá que nos vamos.

El peor momento de mi vida

Me reciben en urgencias y me meten en una sala de reconocimiento tumbada en una camilla, me cuesta respirar, la enfermera / médico (no sé quien era) trata de oscultarme palpandome el estómago para ver si detecta algo. Imposible, solo tocarme siento miles de pinchazos en el estómago que me hacen doblarme de dolor mientras las lagrimas recorren mis mejillas. Pido estar sentada pero me mareo por lo que me inclino hacia un lado pues si me tumbo me cuesta respirar.

Me quedo sola, se va en busca de otra opinión, regresa con dos chicos jovenes que deciden trasladarme a otra sala con un escáner de esos de ecografía. No sé el tiempo que estuve en esa sala, ni cuántos eran, 3 como mínimo pues dos me sujetaban para que el tercero pudiera pasar por mi estómago el escaner y averiguar que sucedía.

“Os odio”, “Ojalá os murierais todos”, “¿cómo podéis hacerme esto?”– pensaba mientras las lágrimas de dolor recorrían mi cara. ¡Pánico! – el dolor ya no me importa, no puedo respirar, lucho por incorporarme pero están muy ocupados buscando que me ocurre.

Trato de respirar con todas mis fuerzas y solo siento dolor, como si miles de agujas pinchasen mi estómago y pecho. “Es el fin, se ha acabado” – pienso y en ese momento me doy cuenta de que nada importa. Solo pienso en Jacinto en la sala de espera, que nunca volveré a ver su cara y que al final no llegamos a casarnos porque había que esperar… pienso en mi vida, tantos años perdidos, nunca hiciste el máster que querías porque ya habría tiempo… no has buscado lo que te haga feliz porque hay que conservar el trabajo en los tiempos que corren… ¿Qué has hecho en tu vida?… la respuesta no es lo peor, lo peor no es pensar todo eso, lo peor es pensar y sentir físicamente que no puedes hacer nada, que ya es tarde y que el tiempo se ha acabado para tí.

Estoy escribiendo estas líneas así que es obvio que no era mi final, pero pudo haberlo sido. Sufrí una hemorragia interna y esas agujas era la sangre recorriendo el cuerpo fuera de las venas. No podía respirar pues la sangre llenaba los huecos que encontraba y para poder respirar los pulmones debían expulsarla de la cavidad toracica. Los médicos hacían lo que debían hacer, buscar la causa de la hemorragia aunque significase mi sufrimiento encima de la camilla, la prioridad era salvar mi vida no que no me doliera, pero he de reconocerte que les odié.

Sí, sé que puedo parecerte cruel por desearte que experimentes el fin de tu vida, pero cuando uno realmente asimila que es el final se da cuenta de lo importante y lo irrisorio en su vida.

Ya te digo que no fue fácil, tuve que pasar por eso para estar hoy aquí, tras estar ingresada una semana en el hospital y un mes y pico en casa recuperándome vino la decisión de que no quería trabajar en algo que no me hacía feliz, que quería hacer el master ya, todo eran quiero quiero quiero… Imagina las respuestas de conocidos: “estás loca”, “con la que está cayendo vas a hacer un master”, “¿que quieres renunciar a tu trabajo fijo?, “¿vas a dejarlo todo?”…

No iba a dejarlo todo, me quedé con lo importante, Jacinto, mi familia y la sensación de paz, esa paz que sé sentiré el día que me llegue la hora, la paz de saber que lo he intentado todo, que ha sido difícil, incluso habré fallado, pero que nunca me rendí…

El otro día, cuando creí destruidos mis sueños y tuve un colapso, nada que ver con esta experiencia anterior, también aprendí algo: no importa que lo pierdas todo porque lo importante, lo que nunca se perderá si tu no quieres eres tu mismo.

Mi abuela dice que “todo tiene solución menos la muerte” y es muy real, pues puedes arruinarte, perderlo todo en un incendio que mientras tu tengas salud podrás superarlo todo e incluso mejorar tu vida.

El mensaje de este post es para ti, para tu yo interior, no dejes que el miedo, la incertidumbre o la inseguridad hagan que te pierdas a ti mismo, porque normalmente es al final, cuando llega la hora de la verdad cuando todos se dan cuenta de que se equivocaron y cuando quieren volver atrás para cambiar, para hacer, para decir… siempre sucede cuando es tarde, cuando el tiempo se ha agotado, cuando no te quedan más “mañana”….